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Monday, February 15, 2010

MIS HIJOS SON DESGRACIADOS???

MIS HIJOS SON DESGRACIADOS???
Alejandra Stamateas

Hay hijos que tienen una enfermedad del alma y se llama ingratitud. Cuando una persona no tiene armonía en su alma, en sus emociones, cuando no puede agradecer, está enferma. Un hijo que no agradece es un hijo que ha sido sobreprotegido. La ingratitud es el producto de la sobreprotección. La sobreprotección tiene que ver con padres que les dieron todo a sus hijos, y siempre les solucionaron todos sus problemas.

Hay mamás que se desviven por sus hijos para darles de todo y ellos no tengan que hacer nada. Ese tipo de hijos crecen creyendo que es esa la obligación de los padres, por lo tanto piensan que no hay nada que agradecer.

Un hijo sobreprotegido puede convertirse en un hombre tirano o en un hijo débil.

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Sunday, December 13, 2009

Divorcio e hijos


Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net
Divorcio e hijos Buscar curaciones profundas, restablecer puentes de amor, evitar abogados interesados en rupturas rápidas para acudir a aquellos que, de verdad, abren horizontes de reconciliación y de paz

Habían pedido a un sacerdote que preparase un artículo con consejos a padres en proceso de divorcio, especialmente para evitar daños y secuelas en los hijos.

El sacerdote, después de pensarlo un poco, se negó. Varios días después quiso expresar por escrito el porqué de su negativa.

“Hace unos días me pidieron un artículo sobre cómo evitar daños en los hijos cuyos padres se están divorciando. Pensé en conciencia que no debería escribirlo, al menos por ahora.

La situación que vivimos es sumamente grave: cada día cientos de familias se destruyen. Pero entonces hemos de aplicar con urgencia la medicina preventiva, sin dejar de promover una correcta medicina curativa, en la que el divorcio nunca sea una etapa inevitable, sino aquello que hay que evitar con una dosis inmensa de cariño.

Lo urgente, por lo tanto, no es aconsejar el mejor camino para un divorcio amistoso y sin daños para los hijos. Lo urgente es promover noviazgos maduros, matrimonios sanos, y curaciones de emergencia para que nunca una pareja que se amaba llegue a la experiencia dramática del divorcio.

Los hijos, especialmente los más pequeños, pero también los grandes, quieren tener papás enamorados. Por eso sufren infinitamente cuando los padres discuten, se pelean, inician el camino de la ruptura. Sufren mucho más cuando llega la hora de los juzgados y de las separaciones.

Los hijos, y los mismos padres, merecen cariño, comprensión, apoyo. No necesitamos construir hospitales en los que se acepte el divorcio como algo inevitable. Lo que necesitamos son hospitales para que el amor sane, para que el perdón restablezca la armonía familiar, para que él, ella o los dos cedan un poco o un mucho. Por su bien, por el bien de los hijos, por el bien de todos.

También habrá que apoyar a los padres que optan por el divorcio como si fuese una salida inevitable. Pero no para que mantengan la ruptura y se repartan a los hijos como si fuesen “despojos de guerra”. Menos aún para que usen a los hijos como armas para acusarle a él o a ella, para fomentar más dolor y más rabia en hogares ya profundamente marcados por heridas profundas.

Lo que hay que hacer en esos casos, nuevamente, es buscar curaciones profundas, restablecer puentes de amor, evitar abogados interesados en rupturas rápidas para acudir a aquellos que, de verdad, abren horizontes de reconciliación y de paz.

Creo que por ahora no escribiré consejos para afrontar divorcios sin traumas. Porque todos los católicos, sacerdotes, religiosos, catequistas, laicos, estamos llamados a fomentar corazones más generosos y menos egoístas, más dispuestos a amar que a defender el territorio de individualismos vacíos de esperanza, más decididos a perdonar que a llevar cuentas precisas de los fallos de la otra parte. Corazones que, por acoger a Dios en la familia, por pensar en lo mucho que sus hijos sueñan en tener unos padres felices y muy unidos, son capaces de superar baches pequeños o grandes de la vida para que la familia llegue a ser, cada día un poco más, dichosa y enamorada”.

Monday, November 9, 2009

La ayuda y respeto entre suegra y nuera

¡Ay, la familia de mi marido!

Cientos de películas se han inspirado en los problemas de suegras y nueras, de cuñados problemáticos y de la parentela que trae nuestra media naranja consigo al altar. Claro que no siempre es para risa sino para poner los pelos de punta. Reflexiones y consejos.


Si alguien le hubiera dicho hace ya unos cuantos años, que su suegra -aquella mujer que parecía ser tan dulce y buena y que ¡afortunadamente! casi no se metía en su vida- iba a mutar a una máquina de críticas y comentarios negativos hacia usted apenas naciera su primer hijo, ¿usted se hubiera casado con su marido de todos modos?
¿Y de haber sabido que ese suegro tan simpático y conversador era en realidad un adicto al juego que permanentemente pondría en riesgo la economía familiar, inclusive la suya propia, usted no hubiera preferido correr unos cien metros llanos en retirada?
Si bien ambos ejemplos son exagerados, lo cierto es que muchas mujeres sufren cotidianamente, a veces durante años, las consecuencias de diversas conductas dañinas -o directamente patológicas- de la familia de origen de su marido sin saber bien qué hacer o cómo enfrentarse a estos problemas de una manera que no lastime a su pareja, pero que tampoco enferme a su propia familia.

Todo cambia…menos él
“En realidad, cuando se mete la familia del otro es porque alguien está dejando que se meta y frecuentemente esto tiene que ver con una dependencia emocional del hijo o de la hija que no ha cortado el cordón con sus padres. Esto es muy frecuente en parejas jóvenes, que pasan de vivir en la casa de los padres a vivir juntos”, explica la psicóloga y psicoanalista Eva Rotenberg, directora de la Escuela para Padres.

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Escuela para Padres

Wednesday, March 18, 2009

CRECIENDO CON NUESTROS HIJOS


Angela Marulanda en este su primer libro nos habla sobre valores y actitudes para enriquecer nuestra labor como padres y desarrollar en los hijos las herramientas que necesitan para triunfar y ser felices.

"Creciendo con Nuestros Hijos" más que un libro es una guía práctica, que aborda temas de interés tanto para los padres como para todos aquellos adultos comprometidos en la crianza y formación de las nuevas generaciones. Es aquél manual que tantos padres reclamaban, con una característica especial: No hay que leerlo de principio a fin. Trata en forma ordenada pero independiente, la mayoría de las situaciones que surgen en la vida cotidiana con los hijos de todas las edades. Dedicando unas pocas páginas a cada tema en particular presenta alternativas y ofrece herramientas para manejar las dificultades que se viven a diario en todas las familias. Algunos de los temas tratados son: "Las pataletas: cómo manejarlas y cómo evitarlas", "Cómo desalentar las peleas entre los hermanos", "Cuando mamá trabaja fuera del hogar", "Qué tanta libertad pueden manejar los niños", "Qué decir y cómo hablarles de sexo", "Cómo fortalecer la autoestima de los niños". Estos y muchos otros son los temas que como adultos involucrados en la crianza de nuestros hijos nos afectan e interesan.




Angela Marulanda reúne una segunda serie de reflexiones sobre importantes dilemas y situaciones que se presentan a menudo en la crianza de los hijos, y continúa profundizando en los valores y actitudes que deben tener los padres para asegurarse de formar unos hijos buenos, que prolonguen con su vida el testimonio de su amor.

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LA NUEVA GENERACION DE PADRES

Por Angela Marulanda, Autora y Educadora Familiar

Somos las primeras generaciones de padres decididos a no repetir con los hijos los errores de nuestros progenitores. Y en el esfuerzo de abolir los abusos del pasado, somos los más dedicados y comprensivos pero a la vez los más débiles e inseguros que ha dado la historia. Lo grave es que estamos lidiando con unos niños más “igualados”, beligerantes y poderosos que nunca.

Parece que en nuestro intento por ser los padres que quisimos tener, pasamos de un extremo al otro. Así, somos los últimos hijos regañados por los padres y los primeros padres a quienes los hijos nos regañan; los últimos que le tuvimos miedo a los padres y los primeros que les tememos a los hijos; los últimos que crecimos bajo el mando de los padres y los primeros que vivimos bajo el yugo de los hijos. Y lo que es peor, los últimos que respetamos a nuestros padres, y los primeros que aceptamos que nuestros hijos nos irrespeten.

En la medida que el permisivismo reemplazó al autoritarismo, los términos de las relaciones familiares han cambiado en forma radical, para bien y para mal. En efecto, antes se consideraba buenos padres a aquellos cuyos hijos se comportaban bien, obedecían sus órdenes y los trataban con el debido respeto; y buenos hijos a los niños que eran formales y veneraban a sus padres. Pero en la medida en que las fronteras jerárquicas entre adultos y niños se han ido desvaneciendo, hoy los buenos padres son aquellos que logran que sus hijos los amen, aunque poco los respeten. Y son los hijos quienes ahora esperan respeto de sus padres, entendiendo por tal que les respeten sus ideas, sus gustos, sus apetencias y su forma de actuar y de vivir. Y que además les patrocinen lo que necesitan para tal fin. Como quien dice los roles se invirtieron, y ahora son los papás quienes tienen que complacer a sus hijos para ganárselos, y no a la inversa, como en el pasado. Esto explica el esfuerzo que hacen hoy tantos papás y mamás por ser los mejores amigos y parecerles “chéveres" a sus hijos.

Angela Marulanda www.angelamarulanda.com

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Monday, March 2, 2009

Formar la voluntad en los hijos


Es la fuerza que nos lleva a hacer algo que nos hemos propuesto; querer y buscar siempre el bien.

Donde falta la voluntad, no hay hombre. Con la voluntad se llega a la plena posesión de sí mismo, al dominio de las pasiones, a la plena liberación de las malsanas influencias exteriores. La voluntad hace al hombre libre.

Sin una firme voluntad, el hombre tiende a ser como un animal, presa de sus instintos y pasiones y sin un motor que lo lleve a lograr sus objetivos en la vida, sorteando los obstáculos y adversidades que se le antepongan.

Sin la voluntad, no hay virtudes. El éxito humano y espiritual depende de la voluntad. Los beneficios de la gracia, las demás cualidades humanas quedan gravemente comprometidas si falta el sostén de la voluntad. Un hombre sin ideal es un pobre hombre y un ideal sin formación de la voluntad es una utopía.

Si analizamos la causa de casi todas nuestras adversidades y desgracias, encontraremos que en un momento dado, al final o muy al principio, fue la debilidad de nuestra voluntad lo que nos llevó o por lo menos ayudó a que nos encontráramos en esa situación adversa. La pérdida de un empleo, la pena de un hijo drogadicto, una crisis conyugal por causa de una infidelidad, una muerte prematura por falta de cuidado en nuestras costumbres, etc.

Apatía, pereza, desidia, indolencia, morosidad, son otros tantos nombres y actitudes para designar este fondo de universal pereza que es a la naturaleza humana lo que la gravedad a la materia, una fuerza invisible pero siempre presente que nos lleva a lo mundano, lo fácil, lo sensual

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Sunday, March 1, 2009

Que aprendemos de nuestros padres


Ante esta pregunta se me ocurre una mejor; ¿qué no aprendemos de nuestros padres?

Para empezar diría que parece bastante clara la función de los padres; EDUCAR. Pero si preguntáramos qué es educar, cada padre o madre nos daría una definición diferente. Yo, en cambio, diré una única definición. Educar no es enseñar buenos conocimientos si no enseñar a querer.


Esto así dicho, parece muy sencillo pero uno tiene que aprender a querer para poder enseñar a querer.


Un niño conoce el cariño por tres vías:


- el cariño que le trasmite su madre.
- el cariño que le trasmite su padre.
- el cariño que se tienen su madre y su padre. Ver que sus padres se quieren es el 50% de su educación.



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Siete Nuevos Principios para Educar


Autor: Tomás Melendo | Fuente: www.edufamilia.com

Siete nuevos principios —y una clave— para educar aceptablemente

Educar no es una cuestión de acumulación de conocimientos. Se trata más bien de ayudar a desarrollar armoniosamente todas las dimensiones que cualifican a la persona

Asentados los tres principios fundamentalísimos que apunté en el artículo precedente, podemos considerar otros que se derivan de ellos y, en última instancia, con ellos se identifican y casi coinciden entre sí. De ahí que no me haya esforzado en encontrar un determinado orden con preferencia a cualquier otro. En cierta manera, en los párrafos que siguen, «todo está en todo».

1. Padres ejemplares… por amor

«Primum vivere…»: más enseña la vida que cualquier teoría

Los niños tienden a imitar las actitudes de los adultos, en especial de los que quieren o admiran. En concreto, jamás pierden de vista a los padres, los observan de continuo, sobre todo en los primeros años. Ven también cuando no miran y escuchan incluso cuando están (o parecen estar) super-ocupados jugando. Poseen una especie de radar, que intercepta todos los actos y las palabras de su entorno.

Por todo lo anterior, escribe Javier Salinas: «Educar no es una cuestión de acumulación de conocimientos. Se trata más bien de ayudar a desarrollar armoniosamente todas las dimensiones que cualifican a la persona. Esto constituye el primer servicio a toda persona. Una realidad que supone sobre todo educadores, alguien a quien imitar, con quien confrontarse, y que puede ofrecernos posibilidades para alcanzar la meta de la educación que es el ejercicio de la libertad y la voluntad de comprometerse con aquello que es bueno, noble y justo. […]
Por otra parte, no hay que olvidar que la educación es fundamentalmente imitación, conocimiento de valores y repetición de aquellas formas de comportamiento que hacen excelente a la persona.»

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